Descripción
Esta pintura trata sobre el niño que llevamos dentro y la persona en la que nos convertimos.
Los veo como dos caras de la misma valla. Una está llena de asombro, curiosidad, ideas y el coraje para explorar lo que podría ser posible. La otra lleva sabiduría, discernimiento y las lecciones aprendidas a lo largo del viaje. Ninguna existe sin la otra. Juntas cuentan la historia de quiénes somos.
Las flores y los símbolos representan crecimiento, posibilidad y las experiencias que nos dan forma con el tiempo. Cada elemento se convirtió en parte de una conversación más amplia sobre llegar a ser: sobre aprender a recorrer la vida sin perder las partes de nosotros mismos que alguna vez soñaron tan libremente.
Lo que más me fascina son los ojos. Parecen atraer a la gente. Todos los que dedican tiempo a esta obra se sienten atraídos hacia ellos, y creo que eso es porque la pintura se convierte en un espejo. La gente suele creer que están mirando a ella, pero después de un tiempo, en realidad están mirándose a sí mismos.
Para mí, sabiduría y asombro son un recordatorio de que el niño que imaginó posibilidades infinitas y la persona que aprendió las lecciones de la vida no son seres separados. Existen juntos, para siempre en conversación, enseñándose mutuamente a ver el mundo con un asombro de corazón abierto y una sabiduría ganada con esfuerzo.