Descripción
Tomando como base el lenguaje matemático de la naturaleza, esta pieza está estructurada en torno a la secuencia de Fibonacci y la proporción áurea, una razón que aparece en la espiral de una concha de nautilus, las semillas de un girasol y los brazos de galaxias lejanas. Cuatro espirales anclan la composición, y ese número es intencional en sí mismo: a través de culturas y a lo largo de la historia, cuatro ha representado la plenitud, los puntos cardinales, los elementos y los ciclos del tiempo.
La espiral es quizá el símbolo más antiguo de la conciencia humana. Grabada en piedras prehistóricas, entretejida en grabados de templos y observada en el movimiento del agua y de las estrellas, siempre ha significado lo mismo: que el crecimiento no es una recta sino un giro, una expansión, un retorno que nunca es exactamente un retorno. Volvemos al mismo lugar pero no somos la misma persona.
Cada sección de esta intrincada composición se inspira en el lenguaje visual de una civilización antigua diferente, elegida por lo que esa cultura entendía sobre la naturaleza, el cosmos y nuestro lugar dentro de ambos. Moviéndose desde el centro viviente hacia el exterior a través de la tierra, el agua y la atmósfera, la pieza finalmente se disuelve en el cielo nocturno, sugiriendo que lo que llamamos pasado y lo que llamamos futuro pueden estar menos separados de lo que pensamos.