Descripción
Mi esposa y yo habíamos salido de una taberna poco iluminada después de una cena temprana, al salir nos encontramos con una escena tranquila, casi irreal. El crepúsculo rosado descansaba sobre piedras gastadas y bañaba árboles desolados. No había coches en la carretera y nadie más a nuestro alrededor. El silencio se sentía pesado y sagrado, como si el Señor se hubiera acercado en esa luz que se desvanecía, encontrándonos en esa repentina quietud. En ese momento, una suave esperanza se asentó en mi corazón antes de que la tarde cediera paso a la noche. Nos quedamos ahí otro minuto mientras las penas se suavizaban y surgían recuerdos preciosos.