Descripción
Un día de canícula, encerrada en la penumbra de mi apartamento…
Y ya, en medio de este calor agobiante, me sorprendo con ganas de quitar el polvo a mis estantes de objetos decorativos. Hay que decir que no son muchos… Soy más del tipo que se ocupa de ellos con regularidad. 😁
Y luego mi mirada se detiene en ellos.
Algunos pequeños tallos de lirio de los valles silvestre, recogidos a finales de abril, en esa fresca ternura de la primavera. Desde entonces, se han secado suavemente en su pequeño frasco.
Sus diminutas corolas se han amarillado, se han arrugado, encogido sobre sí mismas. Los tallos han perdido su verde tierno y luminoso. La primavera se ha desvanecido de sus pequeñas siluetas.
Y, sin embargo, no tengo ganas de desecharlas.
Más bien, quiero agradecerles.
Agradecerles por haber perfumado durante algunos días este pequeño rincón de mi casa, por haber ofrecido a mis ojos sus delicadas campanillas, y quizá incluso… por haberme traído un poco de esa suerte que se atribuye al lirio de los valles.
Desde mayo, están ahí.
Testigos diminutos de una primavera ya lejana, han seguido su vida a su manera, en silencio, en su pequeño frasco.
Quizás los reemplace el año que viene.
O tal vez no.
Porque hay cosas marchitas que siguen siendo bonitas simplemente porque aún tienen una historia que contar.